Aeropuerto

Cuento ganador del Primer Premio en el XIII concurso literario internacional

 del grupo Palabras de la ciudad de Sydney

Para ser una persona que había dejado atrás sus años mozos, Eduardo, hijo único, aún estaba en la flor de la vida. Poco garboso y en apariencia desmadejado, con una mata de pelo de rizos negros salpicados de algunas hebras plateadas y gafas de montura redonda, dos círculos perfectos tras los cuales se vislumbraba un par de ojos de gato listo. 

Contrajo nupcias poco tiempo después de haber terminado la universidad, con una muchacha en cuyo vientre se albergaron dos hermosos retoños y que su madre había elegido entre las hijas en estado de merecer de su amistades, temerosa de que su angelito no tuviera los arrestos de conquistar su propia faraona. Con tan mala fortuna que la mojigata resultó regañona, mandona y de pocas aspiraciones. Eso sí, para qué negarlo, era como un melocotón en almíbar. Sus atributos sexuales saltaban a la vista. Dos tetas, ¡Jesús, María y José, qué tetas! parecían dos carabelas y con un trasero que quitaba el aliento, hicieron del pobre Eduardo, el más perseverante y abnegado de los maridos. 

Entre los vaivenes de las primeras que parecían soportadas por aceitados goznes y el armonioso ritmo de su imponente trasero, el parsimonioso hombre descarrilaba su vida guardando juventud para la vejez y desgranando avemarías para ganar indulgencias que más tarde redimía enfermo de amor, entre los linos de las sábanas y la voraz calentura de su mujer.  


La mansedumbre que solía manifestar en el hogar, en el que conservaba todos sus sueños incumplidos e intactos porque nunca sabía cuándo le iban a hacer falta, contrastaba con su indómito y dicharachero temperamento en la oficina. Allí, su personalidad se desdoblaba, era una castañuela, conversador ameno y bromista de primer orden. Tanto, que si llegara a sufrir un ataque al corazón, ni echando babaza por la boca le creerían para correr a auxiliarlo y con sus compañeros igual o más bromistas que él, conformaban un equipo terrorífico.


En una ocasión, él y sus tres compañeros salieron a almorzar a un restaurante cercano que anunciaba con bombo y platillo el mejor sancocho de pescado de la ciudad. Los atendió una hermosa joven, ─de esas por la que uno es capaz de tragarse un ladrillo si fuese necesario─, que unos minutos más tarde, regresó arrastrando un pequeño carrito con los cuatro platos. El sancocho de pescado tiene la particularidad, de que la capa de grasa que cubre la superficie evita que salga el humo por más caliente que se encuentre, es mansito en su apariencia exterior, pero borbotea como lava en su interior. 

Cuando la chica se retiró seguida por la mirada de tres de ellos, Eduardo, que ya tenía en mente la picardía, hizo la mención de tomarse la primera cucharada de caldo e inmediatamente le gritó a la muchacha ─¡Señorita este caldo está frio, helado como beso de boba! Los otros tres compadres risueños por los chascarrillos que hacían de la muchacha, mandaron la cuchara al caldo y se la llevaron a la boca. La quemada fue tal, que los labios se les pusieron blancos y nuestro personaje tuvo que huir para para amparar las joyas nobles de la familia.  



 

 

 

 

─Para qué se va tan temprano si el avión sale hasta dentro de tres horas. Le cantaleteaba su mujer. ─Va para Medellín, no para Rusia─. Porfiaba.
─Mi amor, sabes que detesto llegar de carrera al aeropuerto. Me gusta ser unos de los primeros en abordar. En ese instante se escuchó el pito del taxi. Tomó su equipaje de mano, le dio un beso a su mujer con religiosa apretada de nalga y ya subiendo al auto exclamó: dale un beso a los niños.

La empresa lo enviaba a la sucursal de Medellín por un par de días ─como cada tres meses sucedía─ a practicar una auditoría. Llegó al Puente Aéreo, se dirigió al mostrador de Avianca, hizo los trámites, conversó graciosamente con la empleada y como aún no llamaban a abordar, en el entretanto, se paseó carreteando su pequeña valija fisgoneando por entre los almacenes. 

Compró el diario, una revista, una caja de chicles y continuó su paseo rutinario. Enclavada a una columna vio una báscula con un aviso llamativo «Controle su peso y conozca su Fortuna». Curioso se subió y deslizó la moneda por la ranura. La romana se iluminó, emitió un festivo tilín tilín y arrojó un tiquete. Eduardo lo tomó, lo leyó y se quedó con la boca abierta. Decía: «Usted pesa 79 kilos, se llama Eduardo Carvajal, es casado, tiene dos hijos, viaja para Medellín y tendrá un día maravilloso». No podía creerlo. Cómo… la máquina… hasta que cayó en cuenta. ¡Claro! Sus amigotes le estaban jugando una de sus bromas. Debían de estar agazapados en algún lugar observándolo y muertos de la risa. Ahora veía claro porqué se habían excusado de acompañarlo al aeropuerto. Pero no les iba a dar gusto. Los iba a descubrir. Por ningún motivo iba a convertirse en el hazmerreír de ellos. 

Recorrió lentamente el extenso y amplio pasillo, tranquilo, como un egipcio. Mirando, escudriñando, fisgoneando, en cada puerta, rincón, esquina, ventana. Encontró a mitad del largo corredor otra báscula similar y repitió la operación. El resultado fue idéntico: «Usted pesa 79 kilos, se llama Eduardo Carvajal, es casado, tiene dos hijos, viaja para Medellín y tendrá un día maravilloso». ¡Desgraciados! Su ira fue aumentando. Cómo se estarían burlando de él, pensó, si los llegase a agarrar los dejaría sin huevos. Continuó más lentamente su marcha, agudizando su mirada, sus oídos, su olfato. Estaba paranoico, delirante. Inspeccionaba los baños públicos sin resultados. Su frustración in crescendo lo golpeaba como si estuviera bajo una tormenta de granizo.  

Llegó por fin al otro extremo empecinado en encontrarlos, pero no halló ni rastro de sus compañeros. Detuvo su mirada en una tercera balanza gemela. Subió, introdujo con rabia la moneda por la rendija, de nuevo se iluminó, el tilín tilín lo fastidió y el tiquete se deslizó reposando en la pequeña bandeja. Lo tomó y lo leyó. Se puso lívido, parecía que se le hubieran bebido la sangre. Su rictus se contrajo, como si hubiera recibido un gancho directo a la mandíbula y apretó los puños. La papeleta rezaba: «Usted pesa 79 kilos, se llama Eduardo Carvajal, es casado, tiene dos hijos y viajaba para Medellín porque por imbécil lo acaba de dejar el avión.  

Don Rafael se enloqueció

Cuento ganador del primer premio en el XII concurso literario internacional del grupo Palabras de la ciudad de Sydney

Apareció de un momento a otro, como salido de la nada. Tomó asiento en el mismo banco en el que Rafael solía hacerlo a diario. Lo saludó – Hola Rafael. El anciano giró con pereza su cabeza y se encontró con el rostro de un hombre de cara amena y luenga barba. Respondió al saludo por cortesía. -¿Me conoces? Preguntó.

-Sí, te conozco desde hace mucho tiempo pero solo hasta hoy te veo.

-A mi me sucede lo contrario. Mucha gente me ha visto pero nadie me conoce. Vivo mi tragedia atado a este cuerpo que aún conserva el calor frio del amor ido.

-Cuéntame tu historia Rafael, no importa cuán larga sea, tengo todo el tiempo del mundo. La calidez y dulzura de aquella voz, inspiraron en el anciano un sentimiento de confianza que lo despojó de todo recelo. Lo observó por un par de segundos; se reacomodó, afianzó su espalda contra el banco, se sacudió la tristeza y comenzó su relato.

– Hace doce años que la conocí en este mismo parque florido. Ella compraba un helado de vainilla, yo, uno de chocolate. Nos miramos y el vaho del amor nos cubrió como santa aureola. Llegó fulminante, floreciendo, soltando polen. En un instante nos había turbado el alma. Ella me acarició con su mirada y yo empecé a tocarla con la mía. Nos sentamos en este mismo banco que por veintiocho días se convirtió en acólito silencioso de nuestro amor. 

Aquí venía a esperarla todos los días y bajo la dulce caricia del sol y la romántica luz de la luna platicábamos de nuestro amor. Aprendimos a identificar el aroma de las flores; la dulzura de los jazmines y el acerbo de las margaritas, el toque adormecedor de las gardenias y el encanto venenoso de las orquídeas. Llegamos a descubrir el amor a una edad en que las ilusiones y las pasiones ya serenas reposaban y nos regodeábamos de nosotros mismos. Estas, nos invadieron con bríos de adolescente y aquellas nos coparon con tibio aliento. Como dos críos durante veintiocho días nos reconciliamos con la vida. Surgieron los planes y las promesas. Como en primavera, nuestro amor florecía cada día con mayor intensidad. Eran capullos en flor que con el alma despuntábamos cada mañana y cerrábamos con poemas al atardecer.

– Pero amores del alma, así, no existen Rafael.

– ¡Qué sabe usted del amor! Mire toda esta gente que pasa en frente de nosotros oliendo a colonias baratas, a naftalina, como nos miran, se ríen, se burlan. Ellos ignoran que hace doce años se me murió el alma.

– El alma como dijo un filósofo Rafael, no solo no es inmortal, sino que es más mortal que el cuerpo.

– Por eso este banco en el que me siento todos los días a esperarla, se ha convertido en un panteón en el que me acostumbrado a vivir. Aún tengo diáfanos los recuerdos de aquel último día en que conjugamos el amor y la pasión en un solo verbo en tiempo presente.

-Estaba radiante, parecía una emperatriz. A pesar de sus años, su piel olía a los frutos de la tierra y aún conservaba la frescura del amanecer y la lozanía de la porcelana.

Le fui quitando una a una sus prendas con paciencia de monje medieval. Ella se sumergió en mi alma, yo, en su cuerpo. 

Ella se apropió de mi corazón, yo, de su conciencia. Me adueñé de sus labios de grana, de sus pechos amables, de su relente sexo y en ellos fui abandonando gota a gota mi vida entera.

-Hicimos el amor con una ternura lenta y nueva, como un par de abuelos. Era como si danzáramos al ritmo de una melodía celestial que estaba regando nuestra encarnación con agua bendita. Ella recibía mis besos y mis caricias con pasión desenfrenada y con ellos lacraba la promesa de adorarla por el resto de mi existencia. La embestí con fuerza produciéndole un dolor que la colmó de infinito placer y nos abandonamos en un vaivén sosegado que nos fue abriendo el camino de una gloria, que como latigazos cayó sobre nosotros dejándonos fundidos en un solo cuerpo doble.

-Nos despedimos aquella tarde entre juramentos y promesas. Levitaba cuando la vi alejarse y su vestido ondulaba como una sábana al viento; pero jamás regresó.

-Desde entonces por doce años, he venido todos los días a esperarla en este mismo banco. He olvidado el calendario de mi vida, pero he contado una a una las vueltas de la luna que se han ido en caravanas y he aprendido a consolarme con el aroma de las flores que mantienen vivo su recuerdo.

-Rafael, aquel mismo día en que ustedes se despidieron, ella murió. Sintió que el cielo se le desplomaba. Un frio excesivo le erizó la piel y su cuerpo convulsionó, se aflojó y dos lánguidas lágrimas nublaron sus ojos y enturbiaron su corazón.

-¿Cómo lo sabes? Preguntó. Estuve ese día con ella Rafael, así como lo estoy hoy contigo.

-¿Sufrió? Volvió a preguntar tras una larga pausa.

-Murió sin entender Rafael. Murió sin siquiera saber que se moría.

-No debí permitirle que se hubiera marchado sin mí.

-La muerte no la puedes evitar y no es tan mala como la pintan Rafael. Con ella, el rico y el pobre, el bueno y el malo descansan.

-Como vasallo a su señor, la aguardaré sumiso en este mismo banco hasta que venga por mí y me arrastre a su plácido habitáculo. El hombre de cara amena y luenga barba se acercó y lo abrazó con ternura.

-El sol ha salido huyendo de la luna Rafael; ya es hora de marcharnos. Como candil que se apaga, el anciano fue desgonzando lentamente su cabeza y cerrando los ojos emprendió su viaje final. Iba camino de encontrarla. A su alrededor, la gente, que a fuerza de verlo todos los días lo conocía, murmuraba: don Rafael se enloqueció, estuvo todo el día sentado en este banco llorando y hablando solo.